La historia del fundador

Mi historia

Cómo una reflexión acabó llevándome a un viaje por cuatro continentes distintos en busca de respuestas.

Hace casi seis años, en la universidad, empecé a encontrarme con estadísticas que mostraban hasta qué punto los humanos dependemos de la tecnología — de algo que, en origen, iba a ser una herramienta a nuestro servicio. Una de esas cifras: el 79 % de quienes tienen un smartphone lo mira en los primeros 15 minutos después de despertarse, cada mañana. Quizá más impactante aún: un tercio de los estadounidenses dice que antes renunciaría al sexo que a su móvil. De ahí concluí que las tecnologías que usamos fomentan conductas compulsivas, cuando no adicciones en toda regla.

Vengo de la economía y la psicología, y al estudiarlas vi de cerca cómo las grandes empresas usan nuestras debilidades más íntimas en nuestra contra — cómo nos mantienen estancados, comparándonos con los demás, con la atención clavada en una pantalla, y nos dejan con una sensación de vacío. Las zonas más frágiles de nuestra vida se convirtieron en su beneficio. También me di cuenta de que yo mismo tenía un problema con la tecnología: estaba menos presente en el momento.

Ahí nació la pregunta que ya no pude soltar: ¿y si tomáramos esos mismos conocimientos sobre el comportamiento humano y los pusiéramos al servicio del propósito contrario? Construir tecnología que sirva de verdad a las personas — que las mueva en la dirección a la que realmente quieren ir. Hacer de las personas las protagonistas de su propia vida, en vez de una herramienta con la que otros hacen negocio.

Aquello desencadenó un viaje hacia la psicología que me abrió los ojos a aspectos de la conciencia que ignoraba por completo. Explorándola empecé a trazar conexiones nuevas, y mi vida cambió por dentro y, en consecuencia, por fuera. Se notó en más energía, más creatividad y una capacidad de crear vínculos más profundos con quienes me rodeaban. Estudié a Kahneman y entendí que los humanos no usamos el cien por cien de nuestra conciencia en todo momento — un hecho que me impactó y que transformó mi comprensión de la cognición humana y de su potencial. Comprendí que reprogramar el subconsciente era posible — que uno no está atrapado en el programa que ya moldea su experiencia del mundo. Cuando acepté este nuevo paradigma, llegué a una tierra de posibilidades.

Pronto me quedó claro que no es necesariamente la tecnología en sí la que crea los problemas que vivimos. Parece ser la manera en que uno se relaciona con ella lo que determina si le afecta para mal o para bien. En nuestra sociedad occidental moderna crece el número de personas con estrés, ansiedad, depresión y muchos otros trastornos mentales. Lo cierto es que la gente siente que su existencia no da la talla en ciertos parámetros, y de ahí nacen las preocupaciones — que nublan la sensación de ser, la alegría y el sentido.

Entré a trabajar en la empresa Peopleway, donde integrábamos conocimientos psicológicos en sistemas de software y de IA que ayudaban a las empresas a acelerar conductas orientadas a resultados. Allí tuve la oportunidad de llevar la teoría a productos reales y de ver su impacto en el mundo real. Me di cuenta de que la tecnología, bien usada, puede mejorar vidas: conductas saludables que fortalecen nuestras relaciones, nos hacen más inteligentes y nos dan más energía.

Así que empecé a usar las herramientas que había reunido para programar conscientemente mis propios hábitos, conmigo mismo como conejillo de indias para explorar su potencial. Optimicé mi vida por todos los frentes, intentando moldear una existencia perfecta hecha solo de buenos hábitos. En esa etapa logré programar con mucho éxito una serie de hábitos que favorecen la producción de las hormonas de la felicidad en el cerebro, y eso me trajo más experiencias de flow y más energía en el día a día. Y sin embargo, había elementos que me resultaban algo mecánicos, y el enfoque en sí se parecía más al movimiento del biohacking moderno que a una vida que fluye libre.

Visto desde fuera, lo había conseguido. Todo el mundo a mi alrededor veía a alguien realizado — buenos hábitos, buen trabajo, el sueño cumplido. Y yo también me lo creí, durante un tiempo. Pero algo dentro de mí no se sentía pleno. Un día llegué a casa del trabajo agotado. Decidí sentarme con un papel y permitirme de verdad reflexionar sobre mi situación. Me hice una pregunta sencilla: si fuera completamente libre — si pudiera elegir hacer cualquier cosa — ¿adónde iría? ¿Qué haría? ¿Cómo viviría?

Para entonces también podía ver que mi experimento de perseguir sin descanso hábitos cada vez mejores no me había traído ninguna alegría real. Era una forma de controlar la vida en lugar de dejar que se desplegara; tenía que encontrar mi equilibrio entre el caos y el control.

La respuesta que escribí en el papel aquel día me sorprendió hasta a mí: quería ir a Nepal y a la India, y quedarme al menos tres meses. Una parte de mí se sentía atraída de verdad hacia esos lugares, tanto que no podía ignorarla. Así que miré de frente lo que se interponía en el camino — y comprendí que no tenía por qué quedarse en un sueño.

Tres meses después estaba en un avión con un billete solo de ida a Nepal. Había vendido mis muebles, dejado el piso, renunciado a mi trabajo — pasando de una polaridad a la otra de golpe. No había investigado nada. Solo sabía que aterrizaría en Katmandú, y que confiaba en mí — guiado por el universo — para resolver el resto, día a día.

Aquel caos se convirtió en un viaje de tres años. Puse a prueba los límites de mi vida. Viví en ashrams y monasterios, visité el lugar donde nació el Buda, hice retiros de meditación de siete días en silencio y enseñé respiración consciente en varios países y continentes. Me certifiqué como apneísta de nivel avanzado. Conocí al amor de mi vida. Pasé por rachas duras conmigo mismo y por temporadas de alegría verdadera. Caminé por el Himalaya, hice amigos que se volvieron familia y creé vínculos profundos con personas a las que conocía desde hacía solo un instante. Dormí en campamentos beduinos en las montañas de Egipto y enseñé rutinas de baño de hielo y sauna en Sri Lanka. Hice retiros de yoga. Probé muchísimas cosas y forcé mis propios límites.

Y después de todo aquello, esto es lo que entendí: nunca fueron realmente los lugares en los que estuve ni las prácticas que hice y enseñé. Lo que me había estado moviendo todo el tiempo era una manera de mirar la vida — el amor que llevaba dentro, las intenciones que llevaba conmigo y la forma en que elegía ver a los demás. Eso era lo que me impulsaba hacia delante.

No es estar en lugares extraordinarios ni hacer cosas extraordinarias lo que hace crecer nuestra conciencia. Es la elección sencilla que hacemos cada día — cómo elegimos comportarnos, cómo elegimos ver el mundo, hacia dónde orientamos nuestra dirección en la vida. Esa elección determina todo aquello hacia lo que avanzamos, y si nos volvemos más alegres, más amorosos, más valientes, más capaces de aceptar y de perdonar.

Creo que quien descubre algo capaz de aliviar el sufrimiento de la existencia humana tiene la responsabilidad de compartirlo. Así que decidí poner todo lo que soy — tecnología, IA, economía, psicología — al servicio de ese único propósito. El resultado es Osmia.

Y la app es solo el principio. Sueño con construir comunidades. Espacios que acojan prácticas que sostienen la conciencia: cafés saludables con comida nutritiva, buen café, té y cacao; zonas de co-working; un área de bienestar con sauna y baño de hielo; una shala para respiración consciente, yoga, sanación con sonido y ceremonia. Pero todo comienzo necesita un primer paso mínimo, y hoy ese paso es la app — un espacio donde puedes ser soberano contigo mismo y decidir tu camino en la vida.

Esto es lo que de verdad intento decir. No tienes que hacer nada en particular. No tienes que viajar a ninguna parte, ni sentarte con “maestros iluminados” en la India, ni cambiar de trabajo, ni reorganizar tu vida. Ya estás en tu viaje. Lo único que señalo es esto: marca una dirección alineada con tu corazón, avanza hacia ella cada día con intención consciente, reflexiona sobre cómo estás avanzando en realidad, y suelta lo que ya no te sirve.

Para eso existe Osmia. Queremos acompañarte en tu viaje — pero el viaje es tuyo, y solo tuyo. Así que pruébala. Si te sirve, úsala tanto como quieras. Y si no, eres libre de irte, y nadie te lo va a reprochar jamás.

Buen viaje.


Balder Berg Adelgaard

CEO y fundador de Osmia

Si esto resuena contigo, el viaje empieza en la app.